miércoles, 18 de junio de 2014

Máscaras del alba - Octavio Paz


Sobre el tablero de la plaza 
se demoran las últimas estrellas. 
Torres de luz y alfiles afilados 
cercan las monarquías espectrales. 
¡Vano ajedrez, ayer combate de ángeles!
Fulgor de agua estancada donde flotan 
pequeñas alegrías ya verdosas, 
la manzana podrida de un deseo, 
un rostro recomido por la luna, 
el minuto arrugado de una espera, 
todo lo que la vida no consume, 
los restos del festín de la impaciencia.
Abre los ojos el agonizante. 
Esa brizna de luz que tras cortinas 
espía al que la expía entre estertores 
es la mirada que no mira y mira, 
el ojo en que espejean las imágenes 
antes de despeñarse, el precipicio 
cristalino, la tumba de diamante: 
es el espejo que devora espejos.
Olivia, la ojizarca que pulsaba, 
las blancas manos entre cuerdas verdes, 
el arpa de cristal de la cascada, 
nada contra corriente hasta la orilla 
del despertar: la cama, el haz de ropas,
las manchas hidrográficas del muro, 
ese cuerpo sin nombre que a su lado 
mastica profecías y rezongos 
y la abominación del cielo raso. 
Bosteza lo real sus naderías, 
se repite en horrores desventrados.
El prisionero de sus pensamientos 
teje y desteje su tejido a ciegas, 
escarba sus heridas, deletrea 
las letras de su nombre, las dispersa, 
y ellas insisten en el mismo estrago: 
se engastan en su nombre desgastado.
Va de sí mismo hacia sí mismo, vuelve, 
en el centro de sí se para y grita 
¿quién va? y el surtidor de su pregunta 
abre su flor absorta, centellea, 
silba en el tallo, dobla la cabeza, 
y al fin, vertiginoso, se desploma 
roto como la espada contra el muro.
La joven domadora de relámpagos 
y la que se desliza sobre el filo 
resplandeciente de la guillotina; 
el señor que desciende de la luna 
con un fragante ramo de epitafios; 
la frígida que lima en el insomnio 
el pedernal gastado de su sexo; 
el hombre puro en cuya sien anida 
el águila real, la cejijunta 
voracidad de un pensamiento fijo; 
el árbol de ocho brazos anudados 
que el rayo del amor derriba, incendia 
y carboniza en lechos transitorios; 
el enterrado en vida con su pena; 
la joven muerta que se prostituye 
y regresa a su tumba al primer gallo; 
la víctima que busca a su asesino; 
el que perdió su cuerpo, el que su sombra, 
el que huye de sí y el que se busca 
y se persigue y no se encuentra, todos, 
vivos muertos al borde del instante 
se detienen suspensos. Duda el tiempo,| 
el día titubea. 
Soñolienta 
en su lecho de fango, abre los ojos 
Venecia y se recuerda: ¡pabellones 
y un alto vuelo que se petrifica! 
Oh esplendor anegado... 
Los caballos de bronce de San Marcos 
cruzan arquitecturas que vacilan, 
descienden verdinegros hasta el agua 
y se arrojan al mar, hacia Bizancio. 
Oscilan masas de estupor y piedra, 
mientras los pocos vivos de esta hora... 
Pero la luz avanza a grandes pasos, 
aplastando bostezos y agonías. 
¡Júbilos, resplandores que desgarran! 
El alba lanza su primer cuchillo.
Venecia, 1948

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