miércoles, 18 de junio de 2014

Fuente

Fuente


El mediodía alza en vilo al mundo.
Y las piedras donde el viento borra lo que a ciegas escribe el tiempo,
las torres que al caer la tarde inclinan la frente,
la nave que hace siglos encalló en la roca, la iglesia de oro que
    tiembla al peso de una cruz de palo,
las plazas donde si un ejército acampa se siente desamparado y
    sin defensa,
el Fuerte que hinca la rodilla ante la luz que irrumpe por la loma,
los parques y el corro cuchicheante de los olmos y los álamos,
las columnas y los arcos a la medida exacta de la gloria,
la muralla que abierta al sol dormita, echada sobre sí misma, sobre
    su propia hosquedad desplomada,
el rincón visitado sólo por los misántropos que rondan las afueras:
    el pino y el sauce,
los mercados bajo el fuego graneado de los gritos,
el muro a media calle, que nadie sabe quién edificó ni con qué
    fin, el desollado, el muro en piedra viva,
todo lo atado al suelo por amor de materia enamorada, rompe
    amarras
y asciende radiante entre las manos intangibles de esta hora.

El viejo mundo de las piedras se levanta y vuela.
Es un pueblo de ballenas y delfines que retozan en pleno cielo,
    arrojándose grandes chorros de gloria;
y los cuerpos de piedras, arrastrados por el lento huracán de calor,
escurren luz y entre las nubes relucen, gozosos.
La ciudad lanza sus cadenas al río y vacía de sí misma,
de su carga de sangre, de su carga de tiempo, reposa
hecha un ascua, hecha un sol en el centro del torbellino.
El presente la mece.

Todo es presencia, todos los siglos son este Presente.
¡Ojo feliz que ya no mira porque todo es presencia y su propia
    visión fuera de sí lo mira!
¡Hunde la mano, coge el fulgor, el pez solar, la llama entre lo azul,
el canto que se mece en el fuego del día!
Y la gran ola vuelve y me derriba, echa a volar la mesa y los papeles
    y en lo alto de su cresta me suspende,
música detenida en su más, luz que no pestañea, ni cede, ni avanza.
Todo es presente, espejo sin revés: no hay sombra, no hay lado opaco,
    todo es ojo,
todo es presencia, estoy presente en todas partes y para ver mejor, 
    para mejor arder, me apago
y caigo en mí y salgo de mí y subo hasta el cohete y bajo hasta el
    hachazo
porque la gran esfera, la gran bola de tiempo incandescente,
el fruto que acumula todos los jugos de la historia, la presencia,
    el presente, estalla
como un espejo roto al mediodía, como un mediodía roto contra
    el mar y la sal.

Toco la piedra y no contesta, cojo la llama y no me quema, ¿qué
    esconde esta presencia?
No hay nada atrás, las raíces están quemadas, podridos los cimientos,
basta un manotazo para echar abajo esta grandeza.
¿Y quién asume la grandeza si nadie asume el desamparo?
Penetro en mi oquedad: yo no respondo, no me doy la cara,
perdí el rostro después de haber perdido cuerpo y alma.
Y mi vida desfila ante mis ojos sin que uno solo de mis actos
    lo reconozca mío:
¿y el delirio de hacer saltar la muerte con el apenas golpe de alas
    de una imagen
y la larga noche pasada en esculpir el instantáneo cuerpo del
    relámpago
y la noche de amor puente colgante entre esta vida y la otra?

No duele la antigua herida, no arde la vieja quemadura, es una
cicatriz casi borrada
el sitio de la separación, el lugar del desarraigo, la boca por
    donde hablan en sueños la muerte y la vida
es una cicatriz invisible.
Yo no daría la vida por mi vida: es otra mi verdadera historia.

La ciudad sigue en pie.
Tiembla en la luz, hermosa.
Se posa el sol en su diestra pacífica.
Son más altos, más blancos, los chorros de las fuentes.
Todo se pone en pie para caer mejor.
Y el caído bajo el hacha de su propio delirio se levanta.
Malherido, de su frente hendida brota un último pájaro.
Es el doble de sí mismo,
el joven que cada cien años vuelve a decir unas palabras, siempre
    las mismas,
la columna transparente que un instante se obscurece y otro
    centellea,
según avanza la veloz escritura del destino.
En el centro de la plaza la rota cabeza del poeta es una fuente.
La fuente canta para todos.


Aviñón, 1950


Máscaras del alba - Octavio Paz


Sobre el tablero de la plaza 
se demoran las últimas estrellas. 
Torres de luz y alfiles afilados 
cercan las monarquías espectrales. 
¡Vano ajedrez, ayer combate de ángeles!
Fulgor de agua estancada donde flotan 
pequeñas alegrías ya verdosas, 
la manzana podrida de un deseo, 
un rostro recomido por la luna, 
el minuto arrugado de una espera, 
todo lo que la vida no consume, 
los restos del festín de la impaciencia.
Abre los ojos el agonizante. 
Esa brizna de luz que tras cortinas 
espía al que la expía entre estertores 
es la mirada que no mira y mira, 
el ojo en que espejean las imágenes 
antes de despeñarse, el precipicio 
cristalino, la tumba de diamante: 
es el espejo que devora espejos.
Olivia, la ojizarca que pulsaba, 
las blancas manos entre cuerdas verdes, 
el arpa de cristal de la cascada, 
nada contra corriente hasta la orilla 
del despertar: la cama, el haz de ropas,
las manchas hidrográficas del muro, 
ese cuerpo sin nombre que a su lado 
mastica profecías y rezongos 
y la abominación del cielo raso. 
Bosteza lo real sus naderías, 
se repite en horrores desventrados.
El prisionero de sus pensamientos 
teje y desteje su tejido a ciegas, 
escarba sus heridas, deletrea 
las letras de su nombre, las dispersa, 
y ellas insisten en el mismo estrago: 
se engastan en su nombre desgastado.
Va de sí mismo hacia sí mismo, vuelve, 
en el centro de sí se para y grita 
¿quién va? y el surtidor de su pregunta 
abre su flor absorta, centellea, 
silba en el tallo, dobla la cabeza, 
y al fin, vertiginoso, se desploma 
roto como la espada contra el muro.
La joven domadora de relámpagos 
y la que se desliza sobre el filo 
resplandeciente de la guillotina; 
el señor que desciende de la luna 
con un fragante ramo de epitafios; 
la frígida que lima en el insomnio 
el pedernal gastado de su sexo; 
el hombre puro en cuya sien anida 
el águila real, la cejijunta 
voracidad de un pensamiento fijo; 
el árbol de ocho brazos anudados 
que el rayo del amor derriba, incendia 
y carboniza en lechos transitorios; 
el enterrado en vida con su pena; 
la joven muerta que se prostituye 
y regresa a su tumba al primer gallo; 
la víctima que busca a su asesino; 
el que perdió su cuerpo, el que su sombra, 
el que huye de sí y el que se busca 
y se persigue y no se encuentra, todos, 
vivos muertos al borde del instante 
se detienen suspensos. Duda el tiempo,| 
el día titubea. 
Soñolienta 
en su lecho de fango, abre los ojos 
Venecia y se recuerda: ¡pabellones 
y un alto vuelo que se petrifica! 
Oh esplendor anegado... 
Los caballos de bronce de San Marcos 
cruzan arquitecturas que vacilan, 
descienden verdinegros hasta el agua 
y se arrojan al mar, hacia Bizancio. 
Oscilan masas de estupor y piedra, 
mientras los pocos vivos de esta hora... 
Pero la luz avanza a grandes pasos, 
aplastando bostezos y agonías. 
¡Júbilos, resplandores que desgarran! 
El alba lanza su primer cuchillo.
Venecia, 1948

viernes, 13 de junio de 2014

Himno entre ruinas

Himno entre ruinas

                                                                                                     donde espumoso el mar siciliano...
                                                                                                                                                   Góngora



Coronado de sí el día extiende sus plumas.
¡Alto grito amarillo,
caliente surtidor en el centro de un cielo
imparcial y benéfico!
Las apariencias son hermosas en esta su verdad 
momentánea.
El mar trepa la costa,
se afianza entre las peñas, araña deslumbrante;
la herida cárdena del monte resplandece;
un puñado de cabras es un rebaño de piedras;
el sol pone su huevo de oro y se derrama sobre el mar.
Todo es dios.
¡Estatua rota,
columnas comidas por la luz,
ruinas vivas en un mundo de muertos en vida!

Cae la noche sobre Teotihuacan.
En lo alto de la pirámide los muchachos fuman marihuana,
suenan guitarras roncas.
¿Qué yerba, qué agua de vida ha de darnos la vida,
dónde desenterrar la palabra,
la proporción que rige al himno y al discurso,
al baile, a la ciudad y a la balanza?
El canto mexicano estalla en un carajo,
estrella de colores que se apaga,
piedra que nos cierra las puertas del contacto.
Sabe la tierra a tierra envejecida.


Los ojos ven, las manos tocan.
Bastan aquí unas cuantas cosas:
tuna, espinoso planeta coral,
higos encapuchados,
uvas con gusto a resurrección,
almejas, virginidades ariscas,
sal, queso, vino, pan solar.
Desde lo alto de su morenía una isleña me mira,
esbelta catedral vestida de luz.
Torres de sal, contra los pinos verdes de la orilla
surgen las velas blancas de las barcas.
La luz crea templos en el mar.

Nueva York, Londres, Moscú.
La sombra cubre al llano con su yedra fantasma,
con su vacilante vegetación de escalofrío,
su vello ralo, su tropel de ratas.
A trechos tirita un sol anémico.
Acodado en montes que ayer fueron ciudades, 
Polifemo bosteza.
Abajo, entre los hoyos, se arrastra un rebaño de hombres.
(Bípedos domésticos, su carne 
-a pesar de recientes interdicciones religiosas- 
es muy gustada por las clases ricas.
Hasta hace poco el vulgo los consideraba animales impuros.)


Ver, tocar formas hermosas, diarias.
Zumba la luz, dardos y alas.
Huele a sangre la mancha de vino en el mantel.
Como el coral sus ramas en el agua
extiendo mis sentidos en la hora viva:
el instante se cumple en una concordancia amarilla,
¡oh mediodía, espiga henchida de minutos,
copa de eternidad!

Mis pensamientos se bifurcan, serpean, se enredan,
recomienzan,
y al fin se inmovilizan, ríos que no desembocan,
delta de sangre bajo un sol sin crepúsculo.
¿Y todo ha de parar en este chapoteo de aguas muertas?


¡Día, redondo día,
luminosa naranja de veinticuatro gajos,
todos atravesados por una misma y amarilla dulzura!
La inteligencia al fin encarna,
se reconcilian las dos mitades enemigas
y la conciencia-espejo se licua,
vuelve a ser fuente, manantial de fábulas:
Hombre, árbol de imágenes,
palabras que son flores que son frutos que son actos.